Madeline Stuart es una modelo que para lograr desfilar en las pasarelas de Paris y Nueva York ha tenido que someter a su cuerpo a la violencia habitual en estos mundos. Sus famosas fotos del “antes y el después” de su adelgazamiento radical, y las crónicas de su orgullosa madre, explicitan el estricto régimen alimentario y deportivo en el que vive inmersa la joven. Esto no llamaría la atención tratándose de una modelo de este nivel, sin embargo, Madeline presenta una particularidad: tiene síndrome de Down.

Este rasgo determina la forma en que los medios y la sociedad interpretan todas sus acciones, como una suerte de superación personal heroica, en que cuanto más ajusta su cuerpo y sus comportamientos a los estándares de normalidad, paradójicamente, más se alaba su diferencia. Es habitual posicionar a Madeline dentro de la morbosa categoría de “modelos diferentes”, entre las que ya se encuentran varias otras con diversidad funcional: como la biónica Rebekah Marine o la  amputada Karen Crespo. ¿Será que el mundo de la moda comienza a valorar la belleza de la diversidad? ¿O que coopta el potencial de la disidencia corporal a través de sus representantes más “asimilables”? Al igual que en el caso de las modelos de talla grande y su reivindicación como “gordibuenas”, la polémica está servida.

La vida de Madeline es retrasmitida cotidianamente a través de las redes sociales. Sus perfiles, gestionados por su madre, quien también es su agente, cuentan con cientos de miles de seguidores. Uno de los elementos que mayor atención genera es su relación amorosa con Robbie, un joven que también tiene diversidad funcional intelectual. Sus fotos nos muestran a la feliz pareja cumpliendo con todos los ritos del amor romántico: veladas con luz tenue, paseos cogidos de la mano, celebraciones de aniversario y declaraciones de amor incondicional. Los “likes” aumentan con cada una de ellas. Su sesión de fotos vestida de novia, con el tradicional traje blanco, acompañada de un atractivo modelo y realizada en un lugar habitual de celebración de este tipo de uniones, también tuvieron una entusiasta acogida. Las redes aplauden cada uno de estos eventos que se configuran como logros hacia la consecución de la normalización (patriarcal y capacitista) de Madeline.

No obstante, posicionar a una joven con síndrome de Down como modelo de belleza y éxito en lo profesional y lo personal, tiene un potencial subversivo. Las mujeres con diversidad funcional, más aun las que son catalogadas como “discapacitadas intelectuales”, sufren una violencia patriarcal cotidiana, flagrante en la trasgresión de sus derechos sexuales y reproductivos (macabro es el caso de las esterilizaciones forzosas), e invisible en su posicionamiento simbólico como “cuerpos indeseables”. Parafraseando a Monique Wittig, se podría enunciar “las discapacitadas no son mujeres”, aludiendo a que la categoría mujer solo tiene sentido dentro del marco heteronormativo del que este colectivo es expulsado.

Por tanto, Madeline ocupa un lugar inesperado para una mujer con diversidad funcional: sexy, exitosa, deseable. Su relación de pareja nos demuestra que tiene los mismos deseos afectivos y sexuales que cualquiera. Sus fotos vestida de blanco, con la fuerte vinculación simbólica que existe entre matrimonio y reproducción, la posicionan como Mujer y potencial Madre. En este sentido, Madeline se configura como un referente positivo para las mujeres con diversidad funcional (y para tantas otras personas). Pero, ¡necesitamos muchos más! La aceptación social no puede estar sujeta a la asimilación a modelos patriarcales y capacitistas como los que empujan cada día a más personas con síndrome de Down a someterse a invasivas cirugías estéticas para “normalizar” su aspecto. No todas podemos ni queremos ser supermodelos. Queremos poder elegir más allá de arquetipos de feminidad caducos que violentan nuestros cuerpos y amenazan nuestras formas de vida.

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