Los fans de Juego de Tronos contamos las semanas para que comience la nueva temporada, y proliferan los artículos y las apuestas sobre quién se sentará en el trono de hierro. Pero en este cuento actualizado de dragones y princesas, no me interesa analizar las disputas por el poder, sino la representación de la diversidad funcional. Pensemos en la figura del enano, marcada por su papel histórico de bufón de corte real y monstruo de freak show. En el libro Amores Enanos, el protagonista es expulsado del circo en el que trabaja porque el público ya no quiere ver fieras salvajes en los espectáculos y, tal y como reflexiona ácidamente: “debe emparentar a los enanos con los animales de la selva porque tampoco quieren vernos a nosotros”.

Desempleado, acaba encontrando un nuevo “circo” en el que sí son bienvenidos sus servicios: un club de striptease en el que los enanos hacen el espectáculo freak que perturba y divierte al público femenino. Si alguien piensa que esta historia es inverosímil, no tiene más que buscar en la categoría “bizarra” de cualquier web porno o ver el posado para Interviu que realizó Chiki, la enana de Gran Hermano (y a la que conocí gracias a mis estudiantes, a los que cuando pregunté si conocían alguna mujer con diversidad funcional famosa, corearon su nombre). ¿Será que la industria del sexo es más acogedora con la diversidad? Más bien parece que es más consciente del deseo morboso que genera lo aparentemente indeseable, y no tiene remilgos a la hora de rentabilizarlo. En el documental Hot girls wanted: turn on se explica que las escenas “interraciales” (actriz blanca-actor negro, solo esa combinación entra en dicha categoría) se pagan mejor, sobre todo si contienen una alta dosis de violencia contra el cuerpo femenino. Vamos, que el racismo, el sexismo y el capacitismo venden.

En este contexto de neo-exotización de la diferencia, en el que el único enano español famoso que me viene a la cabeza es Galindo de Crónicas Marcianas (no he querido preguntar a mis estudiantes por temor a otra respuesta inesperada), es de agradecer el personaje de Tyrion. Al fin, un personaje enano que no es ridículo, cómico, patético o perverso, sino complejo, carismático, sexual e interesante. Y que se enfrenta a la estigmatización que sufre, como en el emocionante discurso que pronuncia tras ser acusado de un crimen que no ha cometido: “Soy culpable de un crimen más monstruoso aún. Soy culpable de ser enano. Se me ha juzgado por ello toda mi vida (…) Desearía ser el monstruo que ustedes creen que soy”. La representación del Peter Dinklage es brillante, y su condición física hace del discurso una denuncia social, ya que personaje y actor no solo comparten la acondroplasia, sino la discriminación capacitista.

Pero el acierto de Juego de Tronos en la proyección de la diversidad funcional no se circunscribe a Tyrion (aunque sí que es el único representado por un actor que comparte su condición), muestra de ello son el maestro Aemon (ciego) o el rey de Dorne (paralizado por la gota), caracterizados por su sabiduría y buen juicio, o Hodor, fiel y noble compañero. Además, la serie tampoco cae en la idealización de todos los personajes “diferentes” y, de hecho, algunos de los malos (Sandor Clegane) malísimos (su hermano Gregor) presentan anomalías físicas importantes. Resultan especialmente interesantes los personajes cuya condición física se transforma y les lleva a una situación de “incapacidad” física que, paradójicamente, se convierte en una oportunidad. Es el caso de la ceguera de Arya Stark o la parálisis de su hermano Bran. Y sin duda de Jaime Lannister, el apuesto príncipe azul, que tras quedar manco, se va tornando sensible e inteligente, y desarrolla una relación (por ahora platónica) con Brienne, otra outsider de los cánones corporales.

A pesar de que la representación de la diversidad en Juego de Tronos es mucho más rica, he querido limitar este análisis a estos personajes ya que representan a un colectivo para el que continúan vigentes prácticas de representación criticadas y desfasadas para otros: los personajes con diversidad funcional continúan tan colonizados por el imaginario capacitista que está absolutamente normalizado, y premiado, que actores “capacitados” los representen, mientras que el blackface resulta cada vez más inaceptable, y que actores hombres encarnen personajes femeninos nos suena medieval. Urge, por tanto, problematizar estas prácticas, y visibilizar alternativas y disidencias; mientras esperamos… Tyrion is coming.

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