Los concursos de misses, de modelos universal de belleza y éxito heteropatriarcal, son un fantasma que ha asolado las adolescencias de muchas de nosotras. Si bien en nuestro contexto los certámenes de belleza son algo periférico, la tasación colectiva de mujeres es una práctica habitual. En los institutos proliferan las listas clasificatorias de los culos y las tetas de las estudiantes. Las que alcanzan mejor puntuación, encarnan un ideal ambivalente: deseable pero potencialmente puta; las que ocupan los últimos puestos, mejor que se dediquen a los deberes. Con el paso de los años, la marcación del cuerpo femenino como (in)deseable continúa persiguiéndonos, pero ya no figura en una lista colgada en el corcho de la pared, sino en las “conversaciones entre hombres”, cervecita de por medio o grupo de whatsapp mediante.

Las feministas, por tanto, experimentamos una suerte de urticaria cuando vemos esos concursos de belleza en que desfilan cuerpos milimétricamente tallados, apuntalados, cosidos y remendados, casi disecados. Los concursos de belleza son la representación pública, glorificada y glamurosa, de la violencia que supone la calificación y puesta en competencia constante e insidiosa de nuestros cuerpos. No es de extrañar, en consecuencia, las ampollas que han suscitado las aplaudidas actuaciones de las candidatas a Miss Perú, cuando en vez de detallar sus medidas, han explicitado las cifras de violencia que sufren las niñas y mujeres en su país. Como bien denuncia Barbijaputa, definir este tipo de acciones como feministas es problemático, ya que invisibiliza las diferentes violencias que sufrimos las mujeres y las conexiones entre ellas.

No obstante, la bloguera llega a afirmar que “es imposible disfrutar de algo misógino siendo feminista”, lo cual también resulta problemático. ¿Qué calificamos como misógino y qué calificamos como disfrute? Según cuan extensa sea esa vara, me temo que a todas nos pueden hacer devolver la chapa morada, ¿quién no ha disfrutado de la suavidad de sus piernas depiladas?, ¿de una película romántica?, ¿de una sonrisa que corrobore su atractivo? Hemos sido socializadas como objeto de deseo para la mirada ajena (masculina), el disfrute de su validación es una consecuencia de este proceso. Hay que ser críticas con este hecho, denunciando al sistema patriarcal, pero no juzgando implacablemente las actuaciones individuales. Menos aún desde miradas etnocéntricas, tal y como le critica Alicia Murillo. Además, pensar que las candidatas a miss son esencialmente estúpidas o están especialmente alienadas, responde más al estereotipo misógino de la “guapa tonta” que a un conocimiento de las experiencias subjetivas de estas personas, tal y como muestra Mari Luz Esteban en su libro.

La misma complejidad entraña analizar el concurso de belleza para mujeres en silla de ruedas Miss Independence. El propio nombre ya aglutina lo mejorcito de la ideología patriarcal y capacitista. Por si quedaban dudas, el concurso se organiza en tres fases: exhibición de carne (desfile de las candidatas), porno inspiracional (narración de sus historias de superación) y salvación romántica (baile vestidas de novia acompañadas por un galán bípedo con levita). El concurso afirma hipócritamente que actúa en pro de la inclusión de la diferencia mientras promociona un modelo único y excluyente de belleza. No obstante, hay que ser cuidadosas con los propios prejuicios capacitistas a la hora de analizar este evento. Tal y como señalé en el caso de la modelo con síndrome de Down Madeline Stuart, es importante poner en valor que estas mujeres se posicionan a sí mismas en un lugar inesperado: objetos de deseo, referentes a seguir. Esto resulta transgresor en un contexto en que se podría parafrasear a Monique Wittig enunciando “las discapacitadas no son mujeres” (en alusión a que la categoría mujer solo tiene sentido dentro del marco heteronormativo del que este colectivo es expulsado).

La principal riqueza de los feminismos es su diversidad, y saber que “lo personal es político” y “mi cuerpo es un campo de batalla” parten de experiencias de vida interseccionales. No por ello concuerdo con Alicia Murillo cuando afirma, en relación al concurso de misses, “nosotras, las blancas, deberíamos solo observar y permanecer calladas”. El “yo solo puedo/debo hablar de lo que vivo” termina conduciendo a posturas esencialistas e inmovilistas. Lo que deberíamos hacer es dialogar más y tejer redes de sororidad basadas en el respeto. La feminista peruana Mary Lara Salvatierra denuncia que la actuación de Miss Perú 2017 fue orquestada por la organización del concurso para promocionarse mediante un hipócrita lavado de cara que, como bien intuían, se ha vuelto viral y económicamente beneficioso. La histórica alianza entre Patriarcado y Capitalismo continua vigente. Hay opresiones comunes y luchas compartidas, el reto es aprender a articularlas.

Los discursos y personajes intachables son pre Internet, cuando nuestras heroínas no eran sometidas al escrutinio de las redes sociales que nos devela la contradicción inherente a la encarnación de los grandes ideales. Hasta nuestra adorada Frida Kalho se ve empañada cuando lees sus cartas íntimas a Diego Rivera. No tenemos todas las respuestas así que sigamos haciéndonos preguntas. Los concursos de Miss (Feminista) están obsoletos.

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