Cuando lo político es personal

Ayer se estrenó Vivir y otras ficciones (Jo Sol, 2016) en Barcelona. Nos dejó conmovidas. Aplaudimos ensordecedoramente, silbamos y coreamos “bravoooo” ante un equipo francamente emocionado, que se ha dejado la piel (y los bolsillos) en sacar adelante este proyecto. Estas muestras de entusiasmo no eran fruto de la alegría facilona de los finales tranquilizadores, sino un exabrupto de emoción contenida tras acabar una película que no te deja respiro. Aquí ni el chico acaba con la chica, ni el padre con el hijo. La vida es jodida, y la idea de normalidad que nos han vendido, tal y como la define el personaje de Pepe: “una imagen pegada en la pared que muestra a una familia irritantemente perfecta y feliz”. Una imagen que dan ganas de arrancar al pasar y que, sin embargo, acariciamos con nostalgia cuando nadie nos mira.

La película, al igual que los diferentes videos y campañas con los que han ido acompañando el proceso de rodaje (comentados en este post anterior), transita entre la realidad y la ficción, la metáfora y la  crudeza. Te hace reír y te deja sin aliento, si alguien esperaba una idealización de la diferencia o una romantización del estigma, esta no es su película. Las primeras escenas nos muestran el cuerpo tetrapléjico (al) desnudo. Acostumbrados a ver actores que salen del gimnasio para sentarse en la silla de ruedas cuando les toca interpretar al personaje “tullido” (véase los pectorales de los protagonistas de Las Sesiones o La vida antes de ti, por nombrar algunas de las películas más recientes), aquí asistimos a la higiene matutina de un cuerpo inerte, rígido, torcido, ajeno a las vicisitudes de la bipedestación, manipulado por unas manos expertas que le frotan, le enjuagan, le secan y le van colocando cuidadosamente la ropa y otras prótesis. Son planos cortos, movimientos lentos; no hay tregua. No es que la diversidad funcional salga del armario, es que filman (también) allí dentro: vemos el colector y la bolsa para la orina, ese cuerpo no controla los esfínteres; vemos el arnés y la grúa, ese cuerpo no se puede incorporar de la cama por sí mismo; vemos la silla de ruedas; ese cuerpo no camina.

Estas imágenes, crudas y sinceras, pero no por ello dramáticas, nos sitúan en la cotidianidad de uno de sus protagonistas: Antonio Centeno, quien, en su mejor interpretación de sí mismo, se muestra el resto de la película seguro de sí mismo, locuaz, irónico, comprometido, valiente. Qué mejor contrapeso para este Don Quijote que teoriza la revolución de los cuerpos que la terrenalidad de sus asistentes personales: Pepe y Laura, quienes, con humor y aparente simplicidad, lanzan los dardos que desestabilizan el discurso, y lo humanizan. Una de las tramas de la película gira en torno a la “asistencia sexual”, un “servicio” que Antonio monta en su casa (ante la falta de otros espacios) para que sus amigos con diversidad funcional y él mismo puedan “acceder a sus cuerpos”, esto es, que una persona contratada les masturbe. Respondiendo a la pregunta que plantee en mi post sobre asistencia sexual “¿cómo sería tu vida si no pudieras masturbarte?”, Antonio contesta de manera contundente: invivible, una vida sin deseo estaría vacía; un cuerpo sin placer, sería un mero trozo de carne. Como dice en un momento dado: “es lo que han conseguido, meternos tanto miedo en el cuerpo que estamos ocupados solo de sobrevivir y no de vivir”.

Ante esta reivindicación activista, que combina el romanticismo de los grandes ideales con la lógica de las matemáticas (véase la propuesta de asistencia sexual del Antonio Centeno de la vida real), Pepe y Laura ponen voz a las dudas que nos asaltan a las espectadoras. (Aviso, comienzan spoilers). Pepe, en uno de los momentos más hilarantes de la película, le increpa “¿vas a pedir al Estado que te la meneé con la que está cayendo?”. Laura también se siente incómoda con que “llene su casa de putas y la convierta en un burdel” y, ante la argumentación de Antonio que lo tilda de revolución sexual, responde enfadada: “sí, hombre, ¡ahora la liberación de las mujeres va a ser consistir en hacer pajas a los minusválidos!!”. En una película valiente y transgresora, pero que no pasa el test de Bechdel (ay cuanto sufrimos las que llevamos las gafas violetas), se agradecen estas puntillas.

En definitiva, Vivir y otras ficciones huye de maniqueísmos y aborda cuestiones delicadas con una exquisita mezcla de franqueza y poética. Nos confunde y nos emociona. Pone sobre la mesa lo urgente y nos revuelve en lo importante. No nos ofrece un modelo de asistencia sexual rígido e incuestionable, sino que muestra aquellas vidas que se niegan a quedar en suspenso mientras se define: vidas complejas, frágiles, dolorosas muchas veces, desechadas a los márgenes. Pero que hacen de su cuerpo un campo de batalla y que convierten la angustia en cante flamenco.

For the English version click here.