La Seducción, de Sofia Coppola, cuenta la historia de 7 mujeres aisladas durante la Guerra de Secesión americana en un colegio para señoritas. Su monótona y apacible existencia se ve truncada cuando entra un hombre en escena: se trata de un soldado herido al que, a pesar de pertenecer al bando enemigo, deciden ayudar y acoger hasta que esté curado. La llegada del soldado despierta curiosidad e interés en las más pequeñas, y excitación y fantasías románticas en las mayores. Cada una juega sus cartas dentro de las posibilidades del recato impuesto a las mujeres de la época. Y él juega con todas ellas, conociendo bien el tablero de los deseos y aspiraciones de las jóvenes sureñas. (Aviso, comienzan spoilers). Cuando se descubre el doble juego del soldado, se produce la típica escena de gritos y confusión que acaba con su caída accidental por las escaleras. Queda inconsciente y mal herido. Ante la gangrena de la pierna, la directora de la escuela (una fantástica Nicole Kidman impertérrita y todopoderosa) decide amputar.

La amputación, cual castración simbólica, aniquila también el carácter seductor del personaje masculino. Cuando despierta, el soldado ya no es gentil y lisonjero, sino un hombre desesperado y violento. Acusa a dos de las mujeres de haberle amputado intencionalmente como venganza por no satisfacer sus deseos sexuales, explicitando algo que parece insinuarse en las escenas iniciales: le prefieren herido, dependiente y, por ende, sumiso. El soldado, al ver su cuerpo amputado, afirma que “preferiría mil veces estar muerto” y que ellas, antes rendidas a sus encantos, ahora “le miran con asco y compasión”. Esta afronta a su masculinidad, que se explicita cuando grita “ya no soy un hombre”, le lleva a emprender otros mecanismos de control de las mujeres: si antes eran los halagos, ahora es la coerción física. Se apropia de un arma de fuego y amenaza con matarlas.

La rabia del personaje masculino solo se ve calmada cuando una de ellas se encierra con él en el cuarto y le muestra que continúa deseándole. La relación sexual actúa como devolución de la masculinidad perdida. El soldado parece, entonces, controlar su ira y querer reconducir el buen clima de la casa. No obstante, el resto de mujeres ya han pactado su final (esta vez sí, una venganza sin ambages) y muere envenenado.

 

Se han escrito muchas críticas sobre esta película valorando la construcción de los personajes femeninos. No obstante, me interesa reflexionar sobre el dibujo de la masculinidad en relación a la diversidad funcional que plantea La Seducción. Al igual que en tantas otras películas, pareciera que cuando el personaje masculino experimenta un cambio corporal “discapacitante” ya no fuera posible su papel como sujeto sexual activo, o al menos no como lo era antes. Pensemos en los protagonistas de Mar Adentro, Me Before You (“La vida antes de ti” en español que ya comenté en este post anterior) o La escafandra y la mariposa: antes del accidente, tienen una vida sexual activa y placentera; tras el accidente, su sexualidad pasa a ser sublimada mediante relaciones platónicas. Pareciera que dichas relaciones sea a través de la terapia sexual (pensemos en Las Sesiones) o de la prostitución (Nacido  el 4 de julio o Nacional 7, por citar las más famosas).

Esta representación resulta simplista y capacitista ya que perpetúa el estereotipo de asexualidad e indeseabilidad que pesa sobre la diversidad funcional, y que está siendo subvertido por representaciones actuales (ver post sobre Yes, we fuck! o Vivir y otras ficciones). Y, también, resulta enormemente sexista porque muestra una masculinidad que solo puede ser tal en tanto que activa, propositiva y demandante, encarnada por un cuerpo capaz, joven y sano. Esta imagen de la masculinidad, opresora para tantos hombres, es el reverso de un constructo de feminidad igualmente rígido y encorsetador. Los roles de género son binarios y relacionales, por lo que esa masculinidad tradicional define (y es definida) por una feminidad pasiva, objetualizada y demandada.

Construyamos otros relatos, en que la seducción no venga marcada ni por el deseo activo de un (no) hombre, ni por el deseo reprimido de las jóvenes decimonónicas.

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